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ROSÁCEA Y ACNÉ, SABER INTERPRETAR ESTAS PATOLOGÍAS, EL PRINCIPIO DE TODO

Por Nueva Estética

A la hora de hablar de rosácea y acné, Jenifer Alonso, facialista especializada en el cuidado de la piel del centro Infinittime, nos comenta lo siguiente “Desde mi punto de vista, uno de los grandes errores que se siguen cometiendo a la hora de afrontar un diagnóstico es abordar la rosácea y el acné como si fueran dos bloques cerrados. Es decir, ni la rosácea es siempre igual, ni el acné responde a una única causa. Y cuando partimos de esa idea equivocada, todo lo demás ya empieza mal. En cabina lo veo constantemente: me encuentro pieles tratadas con protocolos estándar que no solo no mejoran, sino que incluso empeoran. Y no es por falta de activos, sino porque falta algo mucho más importante: interpretación”.

 



No todas las ROSÁCEAS son iguales 
 
En el caso de la rosácea, lo primero que hay que entender es que no todas son iguales ni se comportan igual. No es lo mismo una rosácea con un claro componente vascular que una inflamatoria o una con alteración microbiológica detrás. La piel puede presentar enrojecimiento, sensación de calor, fragilidad, deshidratación… incluso lesiones que se confunden con acné. Pero todo eso es consecuencia, no origen.
 
Aquí es donde cambia completamente la forma de trabajar. No se trata de aplicar siempre lo mismo, sino de aprender a interpretar la piel y actuar según lo que realmente necesita. De manera que, en cabina, el enfoque no debería centrarse únicamente en “bajar la rojez”, sino en entender qué está provocando esa respuesta. En estos casos, es imprescindible trabajar desde protocolos combinados, donde no hay una única línea de actuación, sino una integración de estímulos: mejorar la función barrera, regular la microbiota, trabajar el componente vascular (si es necesario), oxigenar el tejido… y, algo que, a veces, genera bastante controversia, estimular de forma controlada y segura. Porque no, ni los exfoliantes ni los cosméticos transformadores están prohibidos en rosácea. De hecho, si se sabe qué tipo de rosácea presenta la clienta y en qué fase se encuentra la piel, éstos pueden ser herramientas muy útiles para mejorarla. El problema nunca ha sido el activo, sino usarlo sin criterio.
 
El protocolo en cabina continúa en casa  
 
Durante mucho tiempo se ha transmitido la idea de que la rosácea es una piel limitada, que no tolera nada. No es así: es una piel que necesita orden. Los retinoides, bien indicados y correctamente introducidos, son beneficiosos en la mayoría de los casos. Mejoran la calidad de la piel, regulan su funcionamiento y fortalecen su estructura. Lo mismo ocurre con las microexfoliaciones puntuales, que mantienen una renovación adecuada y evitan la acumulación que tanto desestabiliza estas pieles. Además, hay un factor que a menudo se pasa por alto: el ácaro Demodex folliculorum. Cuando se multiplica en exceso, la piel se inflama, se vuelve más reactiva y la rosácea empeora. Por eso tiene todo el sentido mantener una renovación controlada, no desde la agresión, sino desde el equilibrio. El cuidado en casa no debería basarse en prohibir o restringir, sino en saber elegir: rutinas simples y coherentes, activos bien seleccionados y una piel que pueda entender lo que está recibiendo.
 
Cómo abordar correctamente los casos de ACNÉ
 
Con el acné ocurre algo muy parecido a lo que se ha comentado anteriormente. Se sigue abordando como un problema superficial, cuando en realidad es una manifestación de un desequilibrio mucho más profundo. No todos los tipos de acné necesitan productos que resequen la piel; muchos casos se benefician más de tratamientos que ayuden a equilibrar y normalizar la piel. Detrás del acné puede haber alteraciones hormonales, cambios en la calidad del sebo, hiperqueratinización, desequilibrios en la microbiota (donde bacterias como la Cutibacterium acnes juegan un papel importante), estrés, alimentación… y también, muchas veces, una cosmética mal elegida o un exceso de productos.
 
En cabina, el objetivo no es eliminar los granitos, sino devolverle a la piel su capacidad de funcionar correctamente. Esto implica trabajar desde diferentes niveles: limpiar sin agredir, regular la queratinización, controlar el componente microbiológico, bajar la inflamación y mejorar la calidad del sebo. Y he aquí, de nuevo, los exfoliantes y transformadores, bien utilizados, son clave. Porque el problema no es estimular la piel, sino hacerlo sin entenderla. 
 
Un cuidado domiciliario inadecuado tiene consecuencias
 
Y en casa, el patrón se repite: exceso. Se tiende por utilizar demasiados productos, demasiados activos y demasiada prisa. Cuando realmente funciona todo lo contrario: rutina coherente, limpieza ajustada, activos que regulen en lugar de arrasar, y una piel acompañada, no atacada.
 
CONCLUSIÓN
Trabajar con criterio 
 
Al final, tanto la rosácea como el acné tienen algo en común: no necesitan protocolos cerrados, necesitan criterio. Profesionales que sepan leer la piel, entender de dónde viene cada afección y acompañarla en ese proceso. “Porque la piel no mejora cuando haces más, mejora cuando haces lo que toca”, concluye Jenifer.
 
Encontrarás el reportaje sobre el tratamiento de la rosácea y el acné en la edición de mayo de NUEVA ESTÉTICA.
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