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ROSÁCEA: DESMONTANDO MITOS Y ACLARANDO VERDADES

Por Nueva Estética

Pese a los avances científicos en el conocimiento de la rosácea, siguen persistiendo numerosos mitos que dificultan un diagnóstico precoz y un abordaje terapéutico adecuado. Desenmascararlos permite mejorar la atención, reducir el estigma y fomentar una relación más saludable con nuestra piel. Arkaitz Felices, Management / Care & Beauty Care, REVIDERM España, nos expone todo lo que debes saber al respecto. 

 



Mito: La rosácea afecta exclusivamente a pieles grasas o mixtas
La rosácea puede presentarse en cualquier tipo de piel. Aunque algunos subtipos, como la rosácea fimatosa, sean más frecuentes en pieles seborreicas, la forma eritematotelangiectásica es común incluso en pieles secas o alípicas. Es un trastorno transversal que no distingue entre tipos de piel.
 
Mito: La rosácea está relacionado con el acné adulto o es "acné rosácea"
La rosácea y el acné son enfermedades distintas con fisiopatologías diferentes. La rosácea no presenta comedones, no está relacionada con la bacteria Cutibacterium acnes, ni con obstrucción folicular, sino con mecanismos inmunológicos, vasculares y neurogénicos. Usar el término “acné rosácea” es científicamente incorrecto y desactualizado. Cabe destacar que una misma persona puede padecer acné y rosácea simultáneamente aumentando un nivel de dificultad extra en el diagnóstico y abordaje.
 
Mito: La rosácea solo afecta a mujeres maduras de piel clara
Si bien la prevalencia es algo mayor en mujeres, los hombres también la sufren e, incluso, suelen presentar formas más agresivas, como la rinofima. La rosácea puede presentar sus primeros síntomas a cualquier edad, pero al tratarse de una enfermedad crónica y degenerativa, por regla general, a mayor edad, mayores son los síntomas visibles. Además, aunque es más visible en pieles claras, también aparece en pieles oscuras, donde suele confundirse con otro tipo de dermatosis o hiperpigmentaciones.
 
Mito: La rosácea se debe tratar con antibióticos y antifúngicos
Aunque antibióticos como la doxiciclina o antiparasitarios como la ivermectina ayudan a controlar brotes inflamatorios y la proliferación del ácaro Demodex, no constituyen la cura ni deben ser necesariamente la primera línea de acción. Se trata de herramientas de las que podemos hacer uso según el caso individual. El tratamiento eficaz requiere restablecer el equilibrio del microbioma cutáneo e intestinal, controlar la inflamación y la presión mental negativa y mantener una rutina dermocosmética adaptada.
 
Mito: La rosácea tiene cura definitiva
Actualmente, la rosácea no tiene cura definitiva. Es una enfermedad crónica caracterizada por periodos alternantes de brote y remisión. El objetivo del tratamiento es lograr un control prolongado de los síntomas, prevenir que evolucione hacia formas más graves y mejorar significativamente la calidad de vida del paciente.
 
Mito: Cuantos más productos cosméticos se utilicen, mejores resultados se obtendrán
En la rosácea, menos es más. Las pieles afectadas están generalmente sensibilizadas y una rutina compleja o excesiva puede empeorar la irritación. Lo ideal son rutinas minimalistas, con fórmulas simples, altamente especializadas, activas pero delicadas y perfectamente dirigidas.
 
Mito: El sol, durante el verano, “cura” la rosácea
Aunque la exposición solar durante el verano pueda dar la falsa impresión de que la rosácea mejora o desaparece, esto se debe a que la radiación ultravioleta ejerce temporalmente un efecto inmunosupresor en la piel, reduciendo transitoriamente la visibilidad del enrojecimiento o las lesiones inflamatorias. Sin embargo, esta aparente mejoría es engañosa. A medio plazo, la exposición solar intensa daña la barrera cutánea, aumenta la inflamación crónica y produce un efecto rebote posterior, exacerbando los síntomas y acelerando la progresión de la enfermedad. Además, la radiación UV debilita aún más la función vascular y puede desencadenar brotes severos en otoño, cuando la exposición solar disminuye. Por tanto, la exposición solar no cura la rosácea; por el contrario, agrava su evolución. La protección solar estricta y constante debe ser un elemento clave en el manejo integral de esta condición dermatológica.
 
Mito: La dieta no influye en la rosácea
Ciertos alimentos y bebidas pueden exacerbar los síntomas de la rosácea, especialmente aquellos picantes, calientes o ricos en sustancias vasoactivas, como el alcohol (sobre todo el vino tinto) o alimentos ricos en histamina (berenjenas, tomates, ciertos quesos…). Evitar o reducir estos alimentos ayuda a disminuir los brotes de flushing y eritema.
 
Mito: La rosácea siempre se presenta igual
La rosácea es una enfermedad multifacética con múltiples fenotipos: desde enrojecimiento persistente, pápulas inflamatorias, pústulas y vasos visibles hasta engrosamiento nasal (rinofima), ardor, prurito, edema o síntomas oculares. Cada paciente manifiesta una combinación única de síntomas, haciendo imprescindible un enfoque individualizado.
 
Mito: El láser vascular o IPL sustituye la rutina dermocosmética
Aunque los tratamientos láser e IPL son útiles para eliminar vasos dilatados visibles y reducir temporalmente el eritema, no tratan la causa subyacente. Sin una rutina dermocosmética específica y constante que mantenga controlada la inflamación y la vasodilatación, los síntomas reaparecerán. La fototerapia es un complemento eficaz, pero nunca un sustituto de la rutina cosmética.
 
Mito: La rosácea es solo un problema estético
La rosácea no es simplemente estética: es un trastorno médico crónico de base inflamatoria, inmunológica y vascular. Además del malestar físico (ardor, picor, sequedad), tiene un fuerte impacto emocional: afecta la autoestima, condiciona la vida social y puede conducir al aislamiento. Reconocerlo como una enfermedad real es clave para abordarla adecuadamente.
 
CONCLUSIÓN
Conocer y desmontar estos mitos es fundamental para entender mejor la rosácea, abordarla eficazmente, reducir el impacto emocional y mejorar la calidad de vida de quienes la padecen. La información veraz y basada en evidencia es siempre la primera herramienta terapéutica.