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PIEL Y EMBARAZO

Por Nueva Estética

¿Qué ocurre en estos 9 meses? El embarazo es, sin duda, un periodo extraordinario para la mujer, pero no hay que olvidar que éste comporta una serie de cambios que se reflejan con mayor intensidad sobre la piel. Tomar conciencia de ello y no descuidar ningún cuidado será la mejor estrategia para que, pasado el momento, la futura mamá siga sintiéndose bella. 

 


Así es, durante la gestación, la piel experimenta un sinfín de cambios que ponen a prueba su capacidad “de aguante”. Tener que adaptarse una y otra vez a las constantes variaciones de volumen, típicas del embarazo, es un verdadero suplicio para ella, pues se pone en peligro una de sus cualidades más preciadas: la flexibilidad. Como resultado a este “tira y afloja”, la malla elástica del tejido pierde turgencia, y el engranaje de sostén cutáneo se desmorona. Es entonces cuando esas típicas y antiestéticas líneas blanquecinas, conocidas como estrías, hacen acto de presencia en una de las zonas más susceptibles: el abdomen. Por si esto fuera poco, a ello debemos sumarle otras alteraciones que cobran especial protagonismo en estos 9 meses: machas, edemas, pesadez de piernas... son sólo un pequeño ejemplo a tener en cuenta.

Las hormonas, especialmente revolucionadas en esta etapa de la mujer, son las principales responsables de muchas de las alteraciones que sufre la piel en el periodo de gestación. Esta “desorganización ocasional” conlleva importantes modificaciones en su morfología, llegando incluso a afectar ciertos “pilares básicos” que conforman la estructura biológica cutánea. Eso sí,  muchos de estos cambios son de carácter temporal, aunque también es verdad que algunos dejan su pequeño sello, persistiendo inclusive después del parto. Para evitarlo, no está de más extremar al máximo los cuidados. Es por eso que, en estos momentos, el papel de la esteticista es, si cabe, más importante que nunca. Elegir los tratamientos más adecuados para cada uno de los meses de embarazo será la mejor manera de garantizar el bienestar y confort de la piel.

Estrías

La gestación es uno de los factores principales de su formación, hasta el punto de que el 78% de los casos de estrías aparecen en el curso del primer embarazo. Estas marcas que se dibujan sobre la piel no son más que el símbolo distintivo de un desequilibrio en las estructuras elásticas cutáneas. Se tratan de verdaderas cicatrices que se forman cuando la tensión del tejido provoca una lesión del conectivo dérmico y las mallas del mismo se desgarran. La pérdida de elasticidad y compacticidad ocasiona una herida, permitiendo que se forme la exudación. En pocas palabras, el espacio que queda disponible se llena de materia hemática. La piel de la zona afectada por las estrías presenta serios problemas de elasticidad y está privada de vascularización. A nivel histológico se aprecian fibras de colágeno y elásticas estriadas, con una gran propensión a abrirse y desgarrarse. Las estrías, localizadas normalmente en la parte alta de los muslos, vientre, caderas y senos, pueden medir de 0’5 a 1 cm., y se presentan bajo la forma de largas cadenas de un color violáceo, rosa pálido o blanco nacarado, según sea su estado evolutivo.

Las grandes teorías que actualmente intentan determinar sus causas son dos: la teoría mecánica y la endocrina.

En el caso de la teoría mecánica (estiramiento de la piel), su frecuente localización en el abdomen y la aparición de grietas, sobre todo relacionadas con los excesivos y rápidos cambios de volumen, ha llevado a la convicción de que éstas vienen ocasionadas por una anómala y brusca distensión de la piel que provoca el estiramiento de los vasos sanguíneos, lo que determina así las zonas concretas donde esta atrofia se evidenciará en mayor medida.

Por su parte, la teoría endocrina defiende firmemente que en su formación tienen mucho que ver dos hormonas clave: las corticosuprarrenales y los estrógenos.

Corticosuprarrenales. Se tratan de unas hormonas que desarrollan una importante actividad proteolítica a nivel dérmico. Y por tanto, son capaces de intervenir negativamente sobre las fibras colágenas, elásticas, así como sobre la sustancia fundamental, además de reducir la actividad de los fibroblastos, es decir, de las células dérmicas que regulan la producción de todas las sustancias presentes.

Estas hormonas están producidas por la parte cortical de la glándula suprarrenal. Y entre ellas, destacan la cortisona y la hidrocortisona, que actúan del siguiente modo sobre la piel:

  • Inhiben la formación y la actividad de los fibroblastos (células de la piel que producen elastina y colágeno). La hidrocortisona se localiza concretamente en los fibroblastos provocando variaciones morfológicas. Debido a esto se retarda y ralentiza la formación de fibras elásticas y de colágeno, así como la construcción de tejido de granulación.
  • Disminuyen la resistencia tensora del tejido.
  • Provocan un efecto catabólico sobre las proteínas.

Con la pérdida de los elementos fibroprotéicos del tejido, disminuye también la elasticidad, lo que crea, a nivel de dermis, una situación “potencial” a la rotura de las fibras elásticas (materia atrófica que tiende a aglomerarse a lo largo del borde de las estrías).

Estrógenos. Como es sabido, las estrías se producen durante estados fisiológicos en los que existe un aumento de la producción de estrógenos endógenos durante un periodo de tiempo relativamente breve, como por ejemplo, el embarazo. Estas hormonas tan femeninas provocan dos efectos sobre la piel:

  • Aumentan la retención del contenido hídrico y salino del propio tejido, lo que genera un mayor volumen de éste, incrementándose así la tensión.
  • Favorecen el debilitamiento de las estructuras de sostén, es decir, de las fibras de elastina y colágeno intra y extrabasales. 

Precisamente esta acción producida por los estrógenos es la responsable de su coloración rojiza en su estado más reciente, que se produce por la exudación de sustancia plasmática, debido a una debilitada microcirculación a nivel estructural (fenómeno conocido como exudación sin rotura).

Así empieza todo…

El tejido lesionado pasa por diferentes etapas antes de convertirse en la famosa estría:

1. La primera fase comienza en la invasión de los espacios vacíos por parte del plasma, de los granulocitos, los macrófagos y la fibrina.

2. Después, en la fibrina, empiezan a avanzar células epiteliales y fibroblastos que proliferan activamente. De manera que se forman rápidamente delgados puentes celulares que unen las orillas opuestas de aquellas zonas en donde, debido a la rotura de la trama conectiva, se han creado espacios vacíos delimitados por bordes de tejido inactivo.

3. En la tercera fase proliferan las células endoteliales, formando cordones celulares resistentes que, cuando se encuentran con los que provienen del lado opuesto, se canalizan formando una nueva red de vasos capilares, lo que origina un sistema de vasos sanguíneos y linfáticos, cuyo objetivo es favorecer el drenaje de la abundante linfa exudativa.

4. Cuando la regeneración afecta a la piel, encima del tejido conectivo formado, se regenera el epitelio cutáneo, el cual formará una nueva capa epidérmica sin que por ello se regeneren los elementos diferenciados, como son las glándulas sudoríparas y los sistemas pilosebáceos. El nuevo tejido se denomina también granulado, debido a que presenta una superficie rugosa y adquiere un desarrollo exagerado como consecuencia de un estímulo excesivo. En un principio, se manifiesta en un tono rosáceo o rojo intenso, debido a la vascularización, pero después va modificándose conforme evoluciona el propio tejido.

5. En la última fase, el tejido granuloso se transforma gradualmente en conectivo fibroso denso, debido a una neoformación de fibras de colágeno que se inicia precozmente como respuesta a un complicado proceso. El nuevo tejido es invadido por colágeno, donde las células y los vasos de reciente constitución experimentan una especie de opresión. Una serie de enzimas proteolíticas facilitan la hidrolización de la fibrina y de los restos de células muertas, los leucocitos. A medida que el número de células se reduce, desaparecen completamente los leucocitos y los macrófagos, disminuyendo también los fibroblastos, mientras que los capilares sanguíneos experimentan un proceso de atrofia y desaparecen enseguida. Después de estos cambios de estructura, el tejido granuloso se convierte en cicatricial.

Pesadez de piernas

Los “atascos” en el sistema circulatorio son un problema habitual en el periodo de gestación. Problema que se traduce, en la mayoría de los casos, en una constante y molesta sensación de piernas pesadas. Este síntoma viene dado por una compresión excesiva sobre los vasos sanguíneos y por la falta de tono en los músculos.Si hacemos un breve repaso de cómo funciona nuestra red circulatoria, veremos que se trata de un complejo proceso en el que interactúan varios actores fisiológicos. Como sabemos, las arterias reciben la sangre del corazón y la distribuyen por los diferentes órganos del cuerpo. Por su parte. Las venas se encargan de devolverla al pulmón, de donde sale oxigenada. Además, son las responsables de transportar las toxinas metabólicas que se producen a lo largo de todo el recorrido. A la red linfática le corresponde retornar hacia el corazón el resto de líquido y proteínas que no han sido absorbidas por el sistema venoso. Si todo funciona a la perfección, no hay de qué preocuparse de nada, pero en el momento en que alguno de estos engranajes falla, la cosa cambia. Cuando el sistema venoso se vuelve lento, las extremidades inferiores no pueden devolver al ritmo apropiado toda la sangre que reciben, por lo que se genera un estancamiento venoso en la parte más distal de las piernas. Precisamente este fallo mecánico es el que favorece la sensación de pesadez, cansancio, calambres y edemas, desencadenando posteriormente, la formación de varices.No es un secreto, las embarazadas son más propensas a padecer este síntoma, ya que el útero se apoya sobre las venas que vienen desde las piernas, dificultando el retorno venoso. Como dato curioso, destacar que el útero se asienta con mayor presión en la pierna izquierda, lo que explica que exista mayor tendencia a presentar varices justamente en ésta. Se trata simplemente de un problema anatómico. Por su parte, el aumento de peso que conlleva la gestación, es sin duda, un factor a tener en cuenta. Pues este “excedente” influye, y mucho en la sensación de piernas pesadas. La explicación es sencilla, cuando existe un sobrepeso se tiene más predisposición a sufrir constipación crónica. Este fenómeno hace que dentro del abdomen se genere una presión contraria a la que viene desde las piernas, propiciando así un malestar e hinchazón en las extremidades inferiores.

Como consecuencia del aumento del volumen vascular y/o el deterioro mecánico del retorno venoso, es posible que durante el embarazo se produzca una hiperemia con aumento del flujo sanguíneo, fenómeno que se traduce en:

  • Eritema palmar. Corresponde al enrojecimiento difuso de la piel, generalmente con una distribución uniforme en las zonas tenar, hipotenar y medio palmar. Este síntoma lo padecen aproximadamente el 75% de las embarazadas aunque, por lo general, desaparece después del parto.
  • Arañas vasculares o nevus. Son pequeños vasos dilatados y tortuosos, que se disponen en forma radiada rodeando a una arteriola central; a menudo, también están franqueadas por un eritema. Se desarrollan entre el segundo y quinto mes del embarazo y aparecen en el 66-70% de los casos. Generalmente tienden a aumentar en tamaño y número durante la gestación y principalmente se encuentran en la cara, cuello, tórax o extremidades superiores. Suelen   desaparecen 3 meses después del parto sin necesidad de realizar ningún tipo de tratamiento.
  • Hemangiomas capilares. Se tratan de unas lesiones de color rojo o azulados producidas por el excesivo desarrollo de los capilares, y que pueden formarse por traumatismos. Habitualmente se localizan en la cabeza o cuello, pero también se dan con frecuencia sobre la lengua, el párpado y el labio superior. En las encías suelen aparecer lesiones similares conocidas por el nombre de “tumores del embarazo” o “épulis telangiectásico”. Se observan en menos del 5% de las embarazadas y suelen surgir a finales del primer trimestre, aunque aumentan en número en el transcurso del embarazo. Por lo general, revierten durante el puerperio, aunque es posible que no lo hagan de manera completa. En este caso, las marcas residuales se pueden tratar con inyecciones de esteroides, cirugía o tratamientos láser.
  • Púrpuras y petequias. Se tratan de unas manchas rojas de la piel, formadas por la efusión de sangre y que de dispersan sobre las extremidades inferiores. Son frecuentes en la última mitad del embarazo y desaparecen tras el parto.
  • Varices. Estas dilataciones vasculares, generalmente superficiales, aparecen en las extremidades inferiores y pueden afectar hasta un 40% de las mujeres embarazadas. El tratamiento preventivo es fundamental; de manera que para evitarlas es importante el empleo de vendas o medias elásticas. Aunque la mayoría de las varices tienden a remitir en el posparto, en algunos casos pueden persistir.

Variaciones pigmentarias

Durante el embarazo, existe una cierta predisposición a presentar cambios de pigmentación cutánea. Ello se debe a que el organismo genera un mayor número de melanocitos activos. Las alteraciones más comunes son:

Hiperpigmentación generalizada. Las estadísticas muestran que más del 90% de las embarazadas presentan una hiperpigmentación u oscurecimiento del color de la piel. Esta reacción puede darse de manera generalizada o en forma de máculas que suelen aparecer sobre la cara y otras zonas del cuerpo expuestas al sol. También es posible que se produzca un oscurecimiento o acentuación del color en pezones y areolas mamarias, región periumbilical, línea alba, cicatrices recientes, etc.

Asimismo, las zonas de por sí hiperpigmentadas, como los nevus nevocelulares (verrugas) y lunares, también tienden a oscurecer durante la gestación, por lo que se aconseja evitar la exposición excesiva al sol. Como norma general, esta hiperpigmentación desaparece después del parto, aunque no se vuelve a retomar exactamente la coloración anterior.

Cloasma. Alrededor de un 70% de las mujeres embarazadas desarrolla un cloasma o melasma durante la segunda mitad de la gestación. Se tratan de hiperpigmentaciones irregulares, parduscas y de distinto tamaño que suelen aparecer en la frente, nariz, mejillas y cuello, dando lugar a la llamada “máscara del embarazo”. Los expertos aseguran que la exposición a la luz solar puede tener cierto papel en su génesis. Por lo general, la hiperpigmentación desaparece después del parto, excepto en el caso de que haya afectado a la dermis.

Otras alteraciones

Edema. Durante la gestación existe una mayor predisposición a la acumulación de líquido extracelular en el tejido celular. Suele localizarse en las extremidades inferiores, y aunque sea menos frecuente, también puede acumularse en cara y manos, especialmente hacia el final del embarazo. El 50% de las gestantes lo padecen, aunque tras el parto remite progresivamente.

Hiperactividad de las glándulas sudoríparas y sebáceas. Es más común al final del embarazo y la razón es que durante estos días las glándulas sudoríparas exocrinas se vuelven más activas, lo que conlleva una incidencia elevada de “miliaria”, unas pequeñas gotas de sudor retenidas en la epidermis por obstrucción de los conductos sudoríparos.

Apéndices cutáneos. Corresponden a papilomas blandos, carnosos, del mismo color o levemente pigmentados, que pueden aparecer en número considerable en la segunda mitad del embarazo. Comúnmente surgen alrededor del cuello, axilas o debajo de las mamas y suelen desaparecer después del parto.

Debilitamiento de las uñas. Se ha observado que durante el embarazo se produce un resquebrajamiento transversal de las uñas así como la fragilidad de las mismas y la separación distal de la base de la uña de su lecho. También se puede dar un aumento de grosor de la grasa subcutánea que, junto con la retención de líquido debajo de la piel, puede dar una impresión de espesamiento de la misma.

Alteraciones en el cabello y el vello. Su pérdida es común a lo largo del embarazo, aunque también puede suceder lo contrario, de manera que en algunas zonas del cuerpo se puede llegar a experimentar una tendencia al aumento de pelo. Algunas alteraciones más comunes son:

  • Hipertricosis gestacional. Especialmente durante el tercer trimestre de embarazo puede aparecer vello fino sobre el labio superior, la barbilla, las areolas mamarias e incluso otras partes del cuerpo. Por lo general, esta hipertricosis se resuelve de forma espontánea después del parto.
  • Efluvio telógeno puerperal. Durante el puerperio, puede ponerse de manifiesto una pérdida de cabello, con un adelgazamiento apreciable de pelo, ya que un gran número de folículos pilosos están vacíos. Hay que tener en cuenta que esta pérdida de cabello suele ser temporal.